lunes, 18 de mayo de 2009

Dime con quien andas...

Sentado frente al televisor como todas las tardes, mirando esa caja tonta que tanto le entretiene y no le deja escapar, observa sin atender a nada de lo que retransmiten, se limita a seguir con el movimiento de los ojos las imágenes que se suceden una tras otra. Se ilusiona con el mero hecho de poder ser protagonista en un mundo guardado en una caja. Se emociona incluso cuando alguien gana un buen premio, tiene un gran corazón.

En algún momento lúcido encuentra un recuerdo que le lleva hasta cuando era joven, un hombre con carácter, con inquietudes, con don de gentes, sano, un tipo en forma. Recuerda que jugaba en un equipo de fútbol del barrio, recuerda que alardeaba delante de las chicas, de sus heridas de guerra. Tubo un accidente de niño que le dejó marcado parte del cuerpo. Eso nunca fue un handicap para ir a la playa, por ejemplo, y contemplar que la gente se le quedaba mirando cuando mostraba su torso desnudo, sus piernas, sus manos... Esto no le impidió poder hacer lo que quería, poder ejercer en cualquier trabajo, tampoco impidió salir adelante en las peores condiciones económicas, saber levantarse en los peores momentos, tenía coraje, tenía lo que había que tener. Era un hombre con buen humor, siempre bromeaba, sonreía y muy hablador, sabía como hacerse con cualquier negocio para llevarlo adelante y mostrar su nivel profesional. Hizo amigos hasta en el infierno, como le gustaba decir.

Vuelve a su caja tonta, vuelve a seguir las imágenes sin ton ni son, vuelve a su autismo envuelto en un alo de incomprensión hacia los que le han abandonado, esos a los que hizo tantos favores, esos a los que tanto ayudo, con sus negocios. Se siente viejo, lo parece aún más. Llora por las noches, para intentar mantenerse un día más luchando por poder volver a sentarse y contemplar de nuevo el televisor, no tiene otra cosa mejor que hacer.

Pero tiene amigos, tiene inseparables amigos, alguien que le ayuda a olvidar en los peores momentos, alguien que siempre está ahí para celebrar cualquier momento bueno o malo, nunca le abandonó. Esa amistad que le llegó del infierno, esa amistad que le quema por dentro y le agria por fuera. Esa amistad que tanto le quiere y tanto odian los que le quieren. Nunca comprendió el motivo del porque nadie quería ver el lado bueno de su amistad, porque no le dejaban irse de paseo con ella, “¡que me dejen en paz!”. Su gran amiga, amante y traidora..., ahora es él quien no puede dejarla.

1 comentario:

shafira dijo...

bueno hay una frase que me encanta.
no se vive celebrando victorias sino superando fracasos.