lunes, 4 de mayo de 2009

La sonrisa de un niño...

Recuerdos de una infancia en la que con un amigo nos imaginábamos que teníamos una goma y un lápiz mágico. Nos recogía el autobús para ir al colegio, siempre nos sentábamos juntos para crear nuevas “imágenes” borrar nuevas realidades. Pensábamos que podíamos cambiar el mundo haciendo que aparecieran sombreros ridículos a las señoras que iban por la calle, en el trayecto que recorríamos todos los días. O utilizábamos nuestra “maldad” para “borrar” la motocicleta a ese señor que iba al trabajo.
Las consecuencias eran desastrosas en algunas ocasiones, sobre todo en las que imaginábamos “viendo” como la gente se reía del sombrero de la señora y del tortazo del señor.

En otras ocasiones hacíamos desaparecer los pantalones a los guardias que dirigían el tráfico y les “pintábamos” dos orejas de burro. Os podéis imaginar lo que se podía montar en la calle cuando los viandantes veían a la autoridad de esa guisa. Saludábamos a la gente que “tenían” cola de perro, incluso nos atrevíamos a ponerles parches en el ojo como si fueran piratas a las señoras. Nos lo pasábamos pipa.
Deseábamos que llegara el momento de ir a la escuela para coger el autobús y seguir con nuestras “travesuras”, los fines de semana imaginábamos nuevas hazañas para empezar a practicarlas el lunes siguiente. Era divertido.

Pero todo terminó cuando sucumbió la inocencia y nació la malicia. Cuando nos hacemos mayores y a fuerza de... experiencia. Se nos hace más aburrido el trayecto en autobús, en metro, en taxi... Nos hacemos débiles, vulnerables y dóciles. Sucumbimos a las ideologías, al bien y el mal, a la ambición, al poder, la codicia. Perdemos imaginación, para ganarlo en pos de nuestro beneficio propio. Sopesamos los pros y contras en cada una de nuestras decisiones.

Perdemos esa estación del año que nunca llueve pero todo florece, perdemos la capacidad de sorpresa, ya no existen esos amiguitos sospechosamente invisibles. Dejamos de saltar entre las nubes y además ya no saben igual. Nos cansamos cuando corremos, no tenemos energía, no somos capaces de saltar de un edificio a otro...

Que divertido sería de nuevo poder pintar sombreros ridículos a las señoras y reírse de guardias sin pantalones dirigiendo el tráfico. Solo diez minutos harían falta para poder “cambiar el mundo” solo diez minutos al día para poder volver a tener inocencia. Solo diez minutos bastarían, para poder sonreír todo el día.

1 comentario:

Emilio Muñoz dijo...

¡Emocionante tu recreación, mi querido amigo...! Emocionante esa nostalgia que se entretiene en el corazón y que nos hace suspirar por aquello que perdimos...

Pero yo le daría una mano de optimismo a lo que escribes, porque todo aquello de bueno y noble que algún día tuvimos siempre es recuperable. Tan solo hay que desearlo... de corazón. Tan solo hay que desearlo... con fuerza. Tan solo hay que perseguirlo... con tesón.

Los seres humanos somos como predistigitadores en huelga de magia caída. Pero en cualquier momento pordemos volver a ejercer... también de niños, algo muy saludabel.

Una maravilla este escrito tuyo que llega directo al corazón. ¡Qué no nos falte tu palabra...!

Un gran abrazo, gran amigo.